El Belén y la Navidad

Por Julio Caro Baroja

Cuando llegaban las semanas de fines de noviembre y comienzos de diciembre las cacharrerías del barrio comenzaban a exhibir en sus escaparates modestas figuras de nacimiento. Después algunas tiendas de la Calle Mayor montaban Nacimientos completos y, por fin, llegaba el momento en que en la plaza de Santa Cruz se ponían los puestos de figuras, de casitas, molinos, puentes y castillos, de corcho y musgo, de serrín verde y de falsa escarcha. También de zambombas, panderos, panderetas, chicharras y otros instrumentos sonoros. Había allá hacia 1925 una gran variedad de figuras: casi todas venían de Murcia. Algunas muy finas de Granada, como barrillos andaluces del XIX. Desde las más atarugadas y groseras, pintadas con colorines brillantes, a las más delicadas, había también diferencia de precio sensible. Pero allí estaban desde los personajes de los Evangelios (y aún de los Evangelios Apócrifos) hasta la castañera, la mujer que hila con su gato aislado, el hornero, la vieja con la zambomba, el pastor solitario, o los grupos: la Sagrada Familia frente a la posada, el molinero, la Anunciación a los pastores, el hombre con su yunta. Toda la vieja sociedad campesina del Sur se podía encontrar representada en figuras y grupo, con independencia de la formación física o de acuerdo a un canon del Nacimiento navideño. También objetos familiares: representaciones toscas de molinos de viento, como los de la Mancha (con mala interpretación del mecanismo), norias, cocinas al aire libre, como las de la huerta, etc. En las casas clásicas o castizas el nacimiento se iba completando de año en año, se montaba en víspera de Navidad y se desmontaba después de Reyes. Pero a mí me interesaban más que las figuras centrales, que los Reyes magos o que Herodes con sus soldados (que recordaban a los “armaos” de las Procesiones de Semana Santa del Sur), los humildes personajes que en la sociedad meridional, católica de Italia, de España, de Provenza o de la Alemania del Sur, había imaginado que habían ido a rendir homenaje al niño Dios, en un momento. Tampoco me interesaban porque creyera que eran humildes o pobres de espíritu, sino porque me divertía pensar en sus trabajos cotidianos, en sus yuntas, pozos, fuentes con cántaras y borriquilla con albardas o aguaderas, en los aparejos para hilar o efectuar otra tarea. Jugaba largas horas ajustando su vida. Mi tío Pío colaboraba en esto, dando interpretación a los personajes creados por los imagineros populares.

Cuando estaba escribiendo “Las figuras de cera” (que concluye fechada en Biarritz en 1924), sacó allí a una personaje llamado “Martín Trampa”. Este apodo, a su vez, lo sacó de los apodos que se usaban en Vera y era el de un casero viejo, metido en tratos y contratos. El casero de Vera no se parecía al personaje novelesco. Pero entre las figuras de barro de mi Nacimiento había una que representaba a un viejo más bien envuelto que embozado en una capa, de cabeza abajo, que tenía un aspecto sombrío y a éste también mi tío le llamaba “Martín Trampa” y sobre él y otra figurilla que decía representar a “Mallombre” (mal hombre, otro apodo), me contaba como anticipos o variaciones de la novela, que es una de las que puedo analizar mejor, desde el punto de vista de su gestación.

Se comprenderá, pues, la alegría e ilusión que tenía yo, a los nueve y diez años, cuando mi abuela y mi padre me daban una cantidad de pesetas en plata muy respetable según mi cuenta y acompañado y aun asesorado por la Julia iba Calle Mayor arriba, a ver nacimientos, y llegaba al mercado de Santa Cruz, a completar, a ampliar mi colección de figuras. Los grupos eran lo que más me tentaban, y así llegué a tener muchos que me servían de juguete durante el invierno, aunque mi abuela solía querer que cerrara el ciclo, con arreglo a las fechas canónicas y que guardara las figurillas protocolariamente.

CARO BAROJA, J. Los Baroja. Memorias familiares. Madrid, 1986, p. 102-103